lunes, 2 de diciembre de 2013

Lo confieso, los zapatos siempre han sido mi vicio. Nada de tabaco, poco alcohol, las drogas ni mirarlas, el bingo y demás juegos de azar ni de lejos... pero los zapatos, ¡ay los zapatos!... esos me pierden. Soy una especie de Cenicienta moderna, solo que en lugar de perder el zapatito, voy recogiendo los que pierden las demás. Más de una vez he consultado en Internet si existía algún tipo de Zapatólicos Anónimos o algo similar. ¿Se imagináis la escena? Un local lleno de personas poniéndose moradas a comer “canapes” y a beber cerveza, vino (o refrescos, que tampoco a todos los zapatólicos nos tiene porque gustar los licores) y cuando da comiendo la reunión, comienzan a presentarse diciendo:
- Hola, soy Fulanita de tal y soy zapatólico, este mes me he comprado un par de botas y otro de zapatos de tacón... pero eso sí, en Maripaz que son muy baratos..
El resto contestan: “Hola Fulanita”, y el guía que lleva la reunión dirá:
- Muy bien, Fulanita, has dado un primer paso, pero es solo eso, el primer pasito de un largo camino... y no empecemos colocando excusas como la de Maripaz, que aquí ya nos las conocemos todas...
Bueno, pues eso no existe (y ahora releyendo, creo que mejor así, madre mía, que locura más grande sería). Así que yo me tengo que autogestionar mi vicio como puedo. Es decir, comiéndome las uñas, sufriendo, y mirando mi cuenta del banco de vez en cuando para darme cuenta de que, por muy rebajados que estén esos botines (que además, se parecen sospechosamente a otros dos pares que ya tengo) mi presupuesto no alcanza para ponerlos a mi alcance.




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